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El Desarrollo Responsable en la Costa y la Nueva ley de Marinas
Ocean. Guillermo Quirós Alvarez
oceano@racsa.co.cr
Somos dueños de un país cuyo territorio cubre
640.283 km2, de los cuales 92% es marino. Bordeando tal territorio
se extienden 1.412km de bellas playas, ensenadas, golfos y bahías; cuyo valor
en el mercado internacional alcanza US 4,236 billones de dólares, unos 2.118
billones de colones, producto de considerar solo el valor del primer kilómetro
tierra adentro. Esta riqueza es manejada por empresas transnacionales, las
cuales no dudan en pagar míseras granjerías de todo orden para garantizar su
inversión.
No obstante estas
realidades tangibles, nuestros gobernantes no han incorporado de manera
racional estos recursos naturales al desarrollo nacional. Sencillamente se ha
pasado por alto esa dimensión, así como las oportunidades que ofrece para el futuro la última frontera de la humanidad. Se
ha dejado en manos de los gobiernos locales su manejo y las evidencias indican
que los errores cometidos son de gran magnitud; irreversibles y muy contrarios
al desarrollo sostenible.
Nuestra cultura ni siquiera ha profundizado
históricamente en el significado del nombre de nuestro país. Por un lado la
palabra costa indica que la realidad de nuestro pueblo está
ligada a esa bella conjunción donde el océano besa el continente. Técnicamente
corresponde a la región del territorio que va unos 20km tierra adentro, donde
es palpable la mezcla de la sal del océano con el agua de los ríos; hasta el
lugar donde la plataforma continental penetra en las profundidades marinas
siempre en tinieblas. Esta amplia franja de tierra y agua, tiene un ancho medio de 40 kilómetros en el
Pacífico y de 25 kilómetros en el Caribe, con insospechada cantidad de recursos
marinos: minerales, energéticos, vivos, renovables e ir renovables, degradados
y vírgenes algunos. Se ubica aquí la delgada Zona Marítimo Terrestre, o
sencillamente el litoral, donde yacen
las playas rocosas o de arena, los acantilados e islotes, los estuarios –o
esteros-; de los cuales el Golfo de
Nicoya y el Golfo Dulce son los más fieles exponentes, las desembocaduras de
los ríos y todo tipo de humedales -grandes reservorios de vida estorbosos al
pretendido desarrollo-, todo lo cual constituye la meta del dinero fácil para
la inversión foránea.
Y la palabra rica -referida a la costa- no se
refiere a las ilusiones que motivaron los dijes de oro que colgaban en los
cuellos de los indígenas y que hoy algunos lucen en la Avenida Central. Es un
potencial que no hemos incorporado a nuestra producción y desarrollo, suficientes para un desarrollo
sostenido.
En un país ístmico los niños debieran conocer que
es un delfín, una ola y una corriente marina, tan bien como conocen la
importancia de los volcanes, el suelo y el café. Los jóvenes de las costas deben saber lo importante
de los arrecifes, la vulnerabilidad de las especies que ahí habitan, lo frágil
del manglar y del porqué no se puede construir a menos de 300 metros de la
playa en un ecosistema tropical. Ellos en 25 años administrarán este país.
Tendrán que enfrentar cómo darle techo, comida y trabajo a 15 millones de personas.
Por ello tenemos la responsabilidad de abrir su mente a nuevos horizontes del
desarrollo, garantizando desde ya la preservación del medio y sus recursos
naturales.
Si nuestro pueblo y las inmigraciones continúan
incrementando en progresión geométrica, pronto
no habrá tierra buena que sembrar ni áreas de pastoreo. Es entonces que empezaremos
a utilizar ese 90% de nuestro territorio, aquel gran desconocido para los viejos de hoy, el cual debemos confesar
no hemos cuidado en tratados marítimos internacionales ni protegido de la
contaminación.
Dentro de esta perspectiva de sostenibilidad, es
preciso analizar acciones fundamentales del Estado y la empresa privada como
motores del desarrollo costero. Y nada mejor que el caso Papagayo.
Ø
La Contraloría General de la República indica que
en los últimos diez años se han realizado erogaciones cuantiosas para obras de
infraestructura y gastos operativos, cuyo monto podría alcanzar 25.000 millones
de colones. Una suma que exige la mirada cuidadosa de quienes tienen la
responsabilidad de supervisar los gastos del Estado.
Ø
Privilegios,
exoneración total de impuestos, bienes a perpetuidad, entrega de servicios públicos,
crédito estatal ilimitado, obligación de las instituciones públicas de
suministrar agua, electricidad, telefonía y redes viales; son algunas
concesiones inaceptables para nuestro pueblo establecidas en la normativa que
rige el polo de desarrollo.
Ø
Efectivamente
el modelo papagayo se gesta en 1982
con la ley 6758 y es notorio que a lo
largo de sus documentos estratégicos palabras claves como: daño ambiental, contaminación, responsabilidad ambiental,
disponibilidad de agua potable, capacidad de carga o fragilidad ambiental;
esenciales en la planificación del desarrollo costero que debiera caracterizar
una obra de esta envergadura, están ausentes. Sin mayor reparo, estas variables
ligadas al desarrollo responsable y serio, son ajenas a un modelo visto tan
solo como fuente de grandes negocios con tierras de todos.
Ø
Bahía
Culebra, corazón del proyecto, otrora paraíso marino pletórico de vida y con el
mejor arrecife del país, se encuentra amenazado por los impactos combinados del
hotel Allegro Papagayo –de ingrata memoria- y por la marina del mismo nombre,
colindantes con el arrecife. Corrientes marinas alteradas, flujos de
sedimentos, arenas y lodos, ponen en evidencia que la legislación y sus actores
han quedado cortos en la protección de valiosos recursos costeros. Y se ha
llegado a la praxis en servicios estratégicos como el agua, de extraerlos desde
comunidades vecinas, menospreciando los intereses locales.
Ø La iniciativa se aprobó hace 20 años pues ofrecía generar empleo y riqueza nacional. Solo que los empleos son de mucamas y la riqueza de unos pocos inversionistas, sin que el derrame incae llegue a la población. Pero se obliga a la banca estatal y a las instituciones de servicio público, donde también están los amigos, a financiar la infraestructura. Misma que se vende como parte del paquete que se ofrece al capital internacional.
Esta evaluación nos permite orientar una solución de fondo
que permita lograr armonía y sostenibilidad en las decisiones políticas. Es
urgente llevar a cabo una revisión profunda de la normativa nacional sobre el
manejo y administración de la zona costera, incluyendo la Ley de La Zona Maritimo
Terrestre, La Ley Orgánica del Ambiente, Ley de Parques Nacionales, Ley
Papagayo, decenas de Decretos Ejecutivos y Ley de Marinas, entre otras. Se
trata de la obligación inmediata de ordenar el uso de la zona costera en la acepción
referida. No se pueden seguir aprobando leyes como la pretendida Ley de
Marinas y Atracaderos Turisticos, con el propósito tan solo de facilitar las
inversiones foráneas en la zona costera, violentando inclusive normas que establecen
algunos controles sobre la misma región espacial. Un proyecto de ley que se
aprovecha –por un lado- de la gran confusión e ignorancia de nuestros
legisladores y –por otro-, de la falta de entendimiento sobre el manejo
apropiado de estos frágiles ecosistemas, destinados a desaparecer en pocos años
si no hacemos un alto en el camino y ordenamos nuestro país en este campo
estratégico.
La fuerte inversión internacional, la generación de empleo
y la rapidez del trámite administrativo para los inversionistas; son aparentes
razones para aprobar esta nociva ley. Pero es en el fondo un intento adicional
para ejercitar el modelo de desarrollo de
la zona costera version papagayo.
Por el contrario, el modelo que se debe impulsar debe asentarse sobre el
raigambre social de estas comunidades, facilitar la apropiación y el manejo
responsable de los recursos marinos, propiciando el turismo rural ecológico. Y
desde luego la inversión foránea puede ser importante, pero enmarcada en normas
de proporcionalidad y genuino esfuerzo nacional. Jamás en el desplazamiento y
el menosprecio social de quienes son también hijos de esta tierra.
En estos momentos del desarrollo costero caótico, el país
requiere de un análisis pausado y serio de los proyectos que comprometen los
recursos marinos por varias décadas o a perpetuidad. Es preciso primero sentar
sólidas bases para que el desarrollismo no termine ahogando las comunidades. Una
pausa es también prudente para la prometedora empresa turística nacional, la
cual no puede resisitir el paso acelerado de la gran competencia foránea. El
problema en la zona costera no es el empleo, es dignidad laboral e igualdad de
oportunidades en un crecimiento razonable también para nuestros capitales
criollos. Es progresar en armonía con el ambiente y con el vecino. Es generar
riqueza para todos y para todas con dignidad; y de ser posible, con una fuerte
participación comunal.
This page last modified 27 Jan, 2011
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